The Hanging Coffins: Just a step away from heaven / Los ataúdes colgantes de Sagada: a tan sólo un paso del cielo

img.jpg

Andrea Aguilar-Calderón @Sobrelcaballito

It seems that, around the world, different cultures choose to return their dead to one of the four elements. There is earth, with the traditional Muslim and Christian cemeteries, fire, as certain Hindu rites command, and water, in case you die during a doomed boat trip, never to return to the mainland. And then, in a place high in the mountains of the Phillipines’ northern Luzon Island called Sagada, people are laid to rest in coffins hanging in midair.

Also practiced in China and Indonesia, the beginning of this ritual doesn’t even coincide with an anniversary in the Gregorian calendar, as its origins date back more than 2,000 years.

The idea of ecorating the surrounding cliffs with these boxes packed with corpses has practical and mystical reasons for its believers, a Filipino minority group known as the Igorot. Pragmatically, it can keep the body away from predators and floods. It also saves space that could be used for crops and rice terraces, with which the hills are often tattooed with in this area of he Philippines. Another theory states that, in this way, the bodies remained safe from the Igorot’s enemies, who used to collect the heads of the deceased as war trophies. Spiritually, sleeping forever in a coffin hanging high above the earth allows an unobscured passage into heaven, and also allows to the dead to observe their loved ones more easily than from the underground darkness.

Mostly located in Sagada’s surreally named region of Echo Valley, the coffins usually measure just a meter long. The explanation is simple: the Igorot believe that you should leave the world in the same position as you enter into it, so before accommodating the coffins, the bodies are placed in the fetal position. To achieve this, the body is seated on a chair, to which it is tied with rattan, and covered with a blanket. Then it is smoked to prevent rapid decomposition. Finally, it is placed in a pine coffin, which is personally carved for the deceased well before they pass away. For the occasion, the corpse is dressed in distinctive colors and prints of each family, so it can be easily recognized by his ancestors once it reaches the heaven coming from the cliff’s dizzying heights.

Since the eighties, however, reaching heaven has become more difficult for Igorot’s new generations. With the profound influence of Catholicism (widely practiced in the Philippines), the element that seems to gather souls in Sagada in recent years has been the earth, in a Christian cemetery located a few meters away from the hanging coffins in the Echo Valley.

However, to the Igorot, for whom death has been an ethereal matter for over two millennia, heaven is still just a step away.

Tal parece que, alrededor del mundo, las distintas culturas escogen regresar a sus muertos a uno de los cuatro elementos: la tierra, con los tradicionales cementerios musulmanes y cristianos; el fuego, según lo mandan ciertos ritos hindúes; y el agua, en caso de que en un viaje en barco no se regrese jamás a tierra firme. Y, en un lugar arriba en las montañas del norte de la isla de Luzon, en Filipinas, la gente descansa en ataúdes colgantes en pleno aire.

Practicado también en China e Indonesia, el inicio de este ritual no coincide ni siquiera con un aniversario en el calendario gregoriano, pues sus orígenes se remontan a más de 2000 años. 

La idea de decorar los acantilados circundantes con estas cajas rellenas de cadáveres tiene razones prácticas y místicas para sus creyentes, un grupo minoritario filipino conocido como los Igorot. Pragmáticamente, permite conservar el cuerpo lejos de animales predadores y de inundaciones. También, ahorra espacio que podría emplearse para cosechas y terrazas de arroz, con las cuales se suele tatuar a las colinas en esta zona de Filipinas. Otra teoría señala que así los cadáveres permanecían a salvo de los enemigos de los Igorot, quienes solían recolectar las cabezas de los fallecidos como trofeos de guerra. Espiritualmente, dormir para siempre en un ataúd colgante sobre la tierra posibilita el paso al cielo, y también les permite a los muertos observar a sus seres queridos con mayor facilidad que desde la oscuridad subterránea. 

Ubicados mayormente en una región de Sagada que lleva el surrealista nombrede Valle del Eco, los ataúdes por lo general miden apenas un metro de largo. La explicación es simple: los Igorot creen que se debe abandonar el mundo en la misma posición en que se entra a él, así que antes de colocarse en el ataúd, los cuerpos son puestos en posición fetal. Para lograrlo, el cadáver se sienta en una silla, a la cual se le ata con ratán y se le cubre con una sábana. Luego, se humea para prevenir una descomposición rápida. Finalmente, se coloca en un ataúd de pino, el cual previamente fue tallado en vida por el mismo fallecido. Para la ocasión, el cadáver es vestido con colores y estampados distintivos de cada familia, con el fin de que pueda ser reconocido fácilmente por sus ancestros una vez que llegue al cielo procedente desde las alturas vertiginosas de los acantilados.

Desde la década de los ochenta, no obstante, llegar al cielo se ha vuelto más complicado para las nuevas generaciones de los Igorot. Con la profunda influencia del catolicismo (ampliamente practicado en Filipinas), el elemento que parece recolectar las almas en Sagada en los últimos años ha sido la tierra, en un cementerio cristiano ubicado a pocos metros de los ataúdes colgantes.

Sin embargo, para los Igorot, para quienes la muerte ha sido una cuestión etérea por más de dos milenios, el cielo sigue estando a tan sólo un paso. 

Andrea Aguilar-Calderón @Sobrelcaballito