¿Quién rescata a los rescatadores?

Enrique Rodríguez, uno de los bomberos juzgados por su labor humanitaria, habla sobre la crisis en el Mediterráneo.

María Agüera

 Enrique Rodríguez en el Parque Central de Bomberos de Sevilla

Enrique Rodríguez en el Parque Central de Bomberos de Sevilla

El pasado 7 de mayo de 2018, tres bomberos sevillanos, Enrique Rodríguez, Julio Latorre y Manuel Blanco, fueron absueltos de los cargos por un presunto delito de tráfico ilegal de personas en grado de tentativa. Entre 2015 y 2016, la afluencia de embarcaciones a las islas griegas era constante y las autoridades locales se encontraban desbordadas. Según datos de ACNUR, la Agencia de la ONU para los refugiados, 1.015.078 personas llegaron a Europa a través del Mediterráneo en 2015.

Así, muchas personas voluntarias alrededor del mundo acudieron a la zona para ayudar en las tareas de rescate y salvamento de los refugiados y migrantes que arribaban. Ante esta situación, los tres voluntarios españoles de la ONG Proem Aid (Professional Emergency Aid) marcharon hacia tierras helenas con la intención de salvar vidas. Los hechos por los que fueron acusados sucedieron en una fría noche de enero de 2016, en la isla griega de Lesbos. Dos miembros de la ONG danesa Team Humanity solicitaron la colaboración de los tres rescatistas para socorrer una embarcación que se encontraba a la deriva. Usaron la barcaza de los voluntarios daneses, ya que la de ellos no funcionaba. No encontraron bote alguno, pero sí a los guardacostas griegos que los detuvieron y acusaron de tráfico ilegal de personas. Una pena por las que se solicitaban diez años de prisión para cada uno. Desde aquel entonces, han estado más de dos años a la espera de la decisión judicial y luchando por demostrar su inocencia.

Enrique Rodríguez, que lleva en el cuerpo de bomberos de Sevilla desde 2013 y es voluntario de la ONG Proem Aid desde 2015, no dudaba ni un instante en enfundarse el traje de neopreno para salvar vidas en el Mediterráneo. Tampoco lo duda ahora, a pesar de todo el proceso que ha puesto en tela de juicio su labor humanitaria y que ha culminado con una sentencia judicial favorable tanto para él como para sus compañeros.

¿Cuánto tiempo llevas haciendo labor humanitaria?

Labor humanitaria de salir fuera, era la primera vez que lo hacía. Fue con Proem Aid, que surgió por iniciativa de un bombero. Ahora ya está compuesta por otros profesionales de la emergencia: sanitarios, guardacostas, autoridad portuaria, salvamento marítimo, pero la mayoría de los que formamos esta organización somos bomberos. 

¿Qué te motivó a unirte a esta ONG?

La causa eran las imágenes de esa época. Todos los días en el telediario nos bombardeaban. Esto de las noticias es así, ¿no? Hay veces que te la ponen mucho. Otras veces parece que caducan, o te acostumbras y ya no te causan tanto impacto, pero en ese momento, diciembre de 2015, nos ponían todos los días la cuestión de los refugiados. Y nosotros aparte de ser bomberos, yo, por ejemplo, también formo parte del equipo de rescate acuático. Entonces me dije: tengo la formación, estoy cualificado para eso, y es algo que está pasando en el mar. Yo creía que en esta situación podía aportar y, bueno, también la ONG se creó en 2015 por este motivo. Uno de los fundadores el que hoy día es presidente Onio Reina, quien aparte de ser compañero, es amigo mío. Y yo le dije que podía contar conmigo cuando quisiera. Surgió todo de forma muy humilde. En principio íbamos para 15 días y al final hemos estado más tiempo. Nos avisó en la Navidad de 2015. Podía ayudar y lo tenía al alcance, con lo cual no me lo pensé. 

¿Qué piensas de la experiencia de voluntariado?

La experiencia a mí me ha aportado bastante. Nosotros estamos en una burbuja, que es nuestra realidad. Cuando tú sales de aquí, de tu comodidad, aunque estés trabajando más o menos, pero al final tienes un confort. Llegas a casa, te relajas y tal, abres el grifo y tienes agua, cosas que no valoramos y sales y ves a personas que estaban como tú y que, bueno, que por circunstancias, han tenido que coger de su casa dos bolsas de basura y una maleta, echar lo que podían, coger a sus dos niños y tenerse que ir porque en su país lo mataban. Los que venían digamos que eran gente de clase media-alta. El precio del pasaje dependía del estado del mar. Por ejemplo, si el mar estaba en un estado en el que la supervivencia era poco probable, pues a lo mejor les cobraban 700 euros, pero si las condiciones, en cambio, eran buenas, le cobraban entre 1200-1500 euros por persona. Una familia completa, por ejemplo, rondarían los 6000 euros. Es decir, las personas con menos recursos tenían que quedarse allí. Y eso llamaba mucho la atención. 

Aquella noche de enero de 2016, ¿cómo la viviste?

Fue sorprendente.  Por ponerte un ejemplo, como si estuviera pasando por aquí y nosotros somos bomberos, profesionales, cualificados, tenemos nuestro material y tal, le decimos a la Guardia Civil que somos funcionarios, somos españoles, estamos formados y tienen nuestras manos  para lo que necesiten. Ellos nos asignan una zona, nos llaman para rescate y siempre en coordinación con ellos. De hecho, habíamos hecho rescate conjunto con los guardacostas griegos, nos daban la enhorabuena por nuestro trabajo. El médico de ellos nos dio la enhorabuena la misma tarde de la detención, y luego por la noche nos detienen. No tiene sentido. Y te dices a ti mismo que si has hecho todas las cosas bien. Es decir, me he presentado a ellos, me he presentado en la embajada, lo hemos hecho todo bien, y ahora ellos mismos me detienen. Esto se nos escapaba a nosotros y a ellos. Por eso fue tan sorprendente.

¿Cuál crees que pudo ser la razón subyacente por las que se os incriminó?

No lo sé. Nosotros, en estos dos años, hemos tenido dos hipótesis. Una, la casualidad de que en ese día, era el único día en el que no íbamos en nuestro barco, íbamos en el barco de los otros dos daneses. Ese día nos llamaron y nos dijeron que había un barco con problemas en el mar, y que ellos tenían barcos, pero nosotros éramos los rescatistas profesionales y nos preguntaron que si íbamos con ellos, y nosotros, sin dudarlo, fuimos y nos montamos en ese barco.

Entonces, como le tienes que buscar una explicación a la situación, te preguntas: ¿iban a por ellos? Nosotros no sabíamos quiénes eran. ¿O querían dar una especie de escarmiento a todas las ONGs? Pero es que a nosotros las autoridades portuarias nos llamaban y trabajábamos con ellos, estábamos haciendo un buen trabajo allí y además de manera reconocida ya que nos daban la enhorabuena. Entonces te dices que si es el escarmiento, se han equivocado de personas. Podrían haberlo hecho con cualquier otro que tuviera menos conocimiento del mar, que en lugar de poner en marcha un rescate, ponga en marcha dos, arriesgando su propia vida. Pero, como fue un pico muy alto de personas las que llegaron a las costas, había mucha gente ayudando allí, y puede haber sido eso, un escarmiento.

Esa es la otra hipótesis, la verdad es que no te lo sabría explicar, porque no me han dado una respuesta, es más, si iban a por los otros chicos daneses, ellos también han quedado absueltos. Ellos no eran rescatistas, pero entraban a la mar, por eso hablamos de la primera hipótesis. Por la orilla sí que habían muchas personas haciendo otro tipo de trabajos, como recibiendo a las personas que llegaban a la costa. Por ejemplo, se les cambiaba la ropa húmeda por ropa seca, les daban un poco de cariño, mediante abrazos o muestras de afecto, y lo agradecían bastante. Entiendo que se vieran desbordados, ya que llegaban muchísimas embarcaciones, por ejemplo, dos días antes  hubo un temporal en el mar, muy malas condiciones, y eso significa que no salen o no llegan, pero cuando se pone el tiempo bien, es una avalancha. Dos o tres días antes, recuerdo que recepcionamos 36 embarcaciones y, de ellas, muchas con problemas. Trabajábamos apenas sin dormir, comiendo sobre la marcha para poder seguir, no dábamos abasto.

Las embarcaciones en las que navegaban los refugiados y migrantes, ¿cómo eran? 

Las hacen mafias, no empresas cualificadas. Están hechas de flotadores de caucho inflables, que pegan con pegamento barato acabado de usar, y suelo plano. ¿Qué significa eso? Las embarcaciones suelen tener una quilla. O sea, para un rescate usé una embarcación de esas. Fuimos Julio y yo a rescatar a una persona, que se había tirado 300 o 400 metros antes de llegar a la orilla. La cuestión es que era enero, así que presentaba síntomas de hipotermia y estaba ahogándose.  Una vez llegó esa embarcación a la orilla, bajamos a todos rápidamente, la cogimos y fuimos a por él. Y, claro, al no tener la quilla esa que te comento, o sea, al ser el suelo plano, tú quieres ir recto y no puedes, vas zigzagueando. También la gasolina justa, si tenían algún problema con el motor, pues se quedaban a la deriva hasta que llegaran a algún lado o no, o se perdían.

Rescatadores abordando una barcaza en Lesbos

Rescatadores abordando una barcaza en Lesbos

Y los chalecos salvavidas, ¿también estaban en malas condiciones?

Eran falsos. Eso nos llamó mucho la atención. Al principio sí que flotan, son como burbujas de aire, que es lo que hace que floten. No están certificadas ni pasan ningún control de calidad ni nada. Se van llenando de agua y, al hacerlo, pues acaba actuando como lastre. Nos decían que cada salvavidas les costaba 50 euros. Con lo cual todo eso suma. Además, muchos de ellos no han visto nunca el mar, es la primera vez que lo hacen. Y, ¿qué ocurre? Hace frío y se abrigan mucho, lo que en el agua es lastre. Había situaciones muy complicadas. 

Por otra parte, después de todo el proceso que habéis atravesado y resoluciones como la aprobada en la Eurocámara hace unas semanas, en la que se urge a no criminalizar la labor humanitaria y a reconocer el trabajo que realizan las ONGs, ¿crees que vuestro caso, como tantos otros en los que se ha criminalizado la labor humanitaria, servirá como precedente a la hora de juzgar la labor de los rescatadores? 

Yo espero que sí. Esto es una resolución, en la que una jueza ha dicho que ayudar a los refugiados, no es un delito. Si se hacen las cosas bien no debe haber problemas. Al final lo que se intenta es eso, no criminalizar la ayuda humanitaria.

Yo espero que sí, que cree precedente, ya que estás ayudando a una persona que puede morir si no lo haces. Eso no debería ser un delito. Hay políticos que hacen leyes sobre el papel, pero yo a ellos los montaba aquí en el barco y que vieran lo que yo veo. Porque si tienen un poco de corazón, van a tener motivos suficientes y comprobar que ayudar no es delito y que esta gente necesita ayuda. Ahora, precisamente, cuando tuvimos el juicio nos acompañaron muchos políticos. Cuando se les muestra vídeos de lo que verdad ocurre, -no los que se difunden por los medios-, de personas flotando en el agua, muchos se sorprenden. No es lo mismo que lo que se ve por la televisión. Sin embargo, esto hay que valorarlo, porque nosotros fuimos ayudar por esas imágenes. Fuimos porque los periodistas estaban allí y le hicieron una foto a Aylan Kurdi, que es el niño sirio que apareció ahogado en la orilla. Pero, hasta que tú no estás allí y lo ves, te das cuenta de que es mucho más duro. También los llevaría a los campamentos.

¿Has tenido la oportunidad de ver los campamentos de refugiados? 

Sí, cuando fui la primera vez los vi, entramos en ellos. Aquello está ahora como si fuera una cárcel. Ahora hemos querido verlo, pero no hemos podido entrar. Han crecido muchísimo desde hace dos años. Cuando yo fui la primera vez, eran un campo de refugiados, pasaban por ese proceso y después salían de allí. Ahora ya no salen y eso también lo han visto políticos, lo han visto periodistas de Canal Sur que venían con nosotros. Y eso cuando tú lo ves, se te queda grabado en la mente. Aquí en el trabajo veo de todo: accidentes, incendios, pero muchas salidas nuestras son para ayudar a personas vulnerables, y me parte el alma. Cuando te metes un poco en las historias humanas, es cuando peor lo pasas. Allí pasaba lo mismo. Las personas mayores eran muy vulnerables, o los niños viajando solos. Una familia que mete a su hijo o hija en un bote, porque no tiene dinero para más pasajes, sin saber cómo va a llegar, ¿hasta qué punto llega la desesperación?

¿Cómo habéis vivido el apoyo de los diferentes agentes sociales? 

Desde el primer día tuvimos un apoyo social abrumador.  Por ejemplo, yo he recibido mucho apoyo desde mi pueblo, La Algaba, y eso lo esperaba. Pero el apoyo fue creciendo. Y ya por último, en un caso judicial que es un asunto más delicado, el apoyo institucional ha llegado desde ayuntamientos pequeños, como el de mi municipio, que me dieron también un reconocimiento, luego se sumaron más pueblos, también el ayuntamiento de Sevilla, Diputación de Sevilla, el Parlamento de Andalucía. También fuimos a exteriores. Para el juicio nos han acompañado representantes del Parlamento de Andalucía, como Rosa Aguilar, la consejera de Justicia, que vino con nosotros a testificar. Al final es un juez el que decide lo que está bien o lo que está mal, pero se agradece mucho el apoyo.

¿Cómo viviste tú todo el proceso? 

Esperaba que se hiciera justicia, pero sí teníamos la incertidumbre esta de que no habíamos hecho nada, nos detuvieron los mismos que nos felicitaban, o sea algo raro había. No estaba tranquilo. Como comentábamos antes, este juicio sirve de precedente. Me cogen de cabeza de turco a mí. Si haces esto, te pasa esto. Cuando te pones a pensar, te preguntas: yo confío en que no ocurra nada, pero ¿y si sí?

De toda tu labor allí, ¿cuál ha sido la experiencia que más te ha marcado o sobrecogido, independientemente de este proceso judicial que has experimentado? 

Yo siempre lo comento, la balanza de lo que me ha aportado a mí, he salvado más vidas allí de lo que salvaría en toda mi vida de bombero aquí. Entonces profesionalmente ha sido para bien. Como persona me ha aportado bastante. Mi realidad de antes y de ahora ha cambiado. Muchas veces nos quejamos por problemas y te dices: esto tiene fácil solución, o no tiene solución, pero es una tontería. Ellos si tienen un problema. Por tanto, al final todo lo que me ha aportado, en la balanza, supera mucho más los aspectos positivos que negativos. Lo negativo yo considero que fue un error que se cometió con nosotros y que, bueno, lo hemos pasado mal lógicamente. También el apoyo social e institucional que hemos tenido, todo eso, hace que pese mucho más la parte positiva que la negativa.

¿Cómo explicarías la indiferencia que caracteriza a muchas instituciones? 

No me lo explico. Muchas veces hablamos con políticos, ahora que tenemos más relación con ellos, que nos reciben y tal, y preguntamos: ¿cuál es la solución?, ¿qué podemos hacer ante esto? Y, por ejemplo, el otro día en el Parlamento nos decían “hemos firmado que puedan venir no sé cuántos refugiados. Y, al final, no han venido. Eso ya se nos escapa a nosotros”.

Yo les digo que el que no puede hacer nada, soy yo, yo lo que sé es rescatar. Pero es como que les queda a ellos grande también. Y te preguntas: ¿quién es el responsable de esto? Esto al final son decisiones de Europa, y es un tema muy complicado, sobre el que nosotros somos, digamos, somos ignorantes. Porque al final lo que hay que solucionar es ¿cómo no hay refugiados? Pues acabando con las guerras. Pero, claro, sabemos que eso no va a pasar. Seguirá habiendo refugiados. Y si a esto le sumas la población migrante por motivos económicos, pues al final genera un problema. Pero sí, Europa está blindada. Y al final lo que se hace es sacar dinero para dárselo a Turquía para que no se queden en el territorio y no pasen. Y yo creo que, en ese sentido, se están equivocando. Exponemos el problema y le preguntamos por la solución, pero no nos responden.

Sin embargo, en contrapartida a las políticas europeas sobre la acogida de refugiados, existen proyectos, desde la propia UE, como el programa Erasmus Plus que permite la posibilidad de hacer intercambios culturales entre jóvenes europeos para promover el desarrollo de una identidad europea, ¿crees que programas como éste pueden ayudar a concienciar a las futuras generaciones en aras de construir una sociedad más solidaria? 

Sí, claro. La educación en conciencia social, en ayuda humanitaria, poniendo en marcha este tipo de proyectos, claro que se puede concienciar. Por ejemplo, nosotros vamos a dar muchas charlas a colegios. Creo que se aporta mucho más explicándoles a los niños lo que hacemos, lo que está pasando, y permitiéndoles intervenir, enseñándoles valores.  También con los programas de voluntariado hay mucha gente que se mueve, y se puede aportar mucho por ahí.

¿En Lesbos viste un gran movimiento de personas voluntarias? 

Sí, y de personas increíbles. Personas que te llaman la atención, que se merecen un monumento. Como por ejemplo, Rebeca o Sophie. Esta última tiene un campamento que acoge a personas con dificultades (niños que viajan solos, personas con enfermedades o discapacitadas). Nosotros, Proem Aid, y ese campamento tenemos un proyecto desde hace tres años llamado “Proyecto Agua”. Ya te comenté que muchos de los refugiados, cuando llegan, es la primera vez que ven el mar, y por este motivo, la experiencia puede causarles un trauma. Lo que se hace es reconciliar a los niños con el mar. Se les enseña a nadar, a que no es algo malo. Les ayuda también a olvidarse de lo que están pasando, porque, al final y al cabo, están huyendo de una guerra. Rebeca, por ejemplo, tiene su trabajo y todas las noches, o una noche sí y otra no, y va a ayudar a un campamento de refugiados, recogiendo ropa y mantas para los refugiados, etc. O Laila, que es una chica marroquí y ha estudiado aquí en España, se ha ido a Atenas porque quería ayudar, y a El Pireo porque, como sabe árabe, pues  ayudaba a traducir y dormía con ellos, con los refugiados. La última vez que estuvimos en Grecia por el juicio, ella todavía seguía allí, y vino a vernos, y se iba otra vez para El Pireo. Y le dije: “Laila, tienes que descansar, tienes que desconectar, porque esto te va a genera problemas. Al final psicológicamente, te va a afectar”. Y me dijo: “Sí que lo necesito, pero no puedo desconectar. Hay personas que me necesitan mucho”. Te he puesto tres casos, pero te podría poner mil. Me he encontrado muchísima calidad humana. Porque ellos pueden vivir bien, pueden vivir perfectamente en su zona de confort, y, sin embargo, salen de ella y se dedican a esto. Eso también forma parte de la balanza de experiencias positivas.

Entre las personas locales y residentes en Lesbos, ¿qué clima se respira? 

La acogida es buena. Hay pescadores que han hecho rescates. Y la verdad que, en ese sentido, se han portado bien. Evidentemente, hay de todo, pero se ha necesitado ayuda y los primeros rescatadores, antes de llegar nosotros, eran los pescadores. Sophie, Rebeca y otras personas que conocí, eran griegos y estaban ayudando a la causa. 

Y tu familia, ¿cómo vive tu labor como rescatador? 

Parte de mis valores los he aprendido de ellos y me apoyaron mucho. Ahora, por ejemplo, que ha venido mi pareja conmigo a Lesbos y ha visto las cosas, ya no sólo me apoya, sino que me anima. Ellos están orgullosos de lo que hago, lógicamente. Pero les cuesta también, por ejemplo a mi madre. Y me apoya bastante, pero entiendo también cómo se siente.

¿Tienes un próximo proyecto? ¿Vas a seguir ayudando a salvar vidas en el Mediterráneo? 

Sí, yo quiero volver. Ahora se están buscando recursos para ir al Mediterráneo, un poco más lejos que Lesbos. Se necesitan barcos más grandes y  bastante más dinero. Además, el “Proyecto Agua” se va a poner en marcha otra vez, de julio a septiembre en Lesbos. No sé si iré al “Proyecto Agua”, ya que lo pueden llevar a cabo personas que no sean rescatistas. Aunque me gustaría, porque es un proyecto que me gusta mucho. Pero no lo tengo claro porque me voy a ir al Mediterráneo en cuanto se comience el otro proyecto, que será en cuanto se tenga recaudado el suficiente dinero para ir. Por otra parte, otro amigo, Marín, que estuvo conmigo en Lesbos y  ha estado en el Mediterráneo también, quería hacer algo así como Sevilla-Dakar en moto. Y va a poner en marcha un proyecto, porque él cuando estuvo allí, se dio cuenta de que los niños de la zona algunas cosas, como zapatos, no las querían, pero les daba una pelota y les hacía mucha ilusión. El proyecto se llamaría “Échale pelotas a África”. Consistiría en ir con un todoterreno, cubriendo la zona Sevilla-Dakar, parando en los pueblos, conviviendo con ellos y repartiendo pelotas. Se necesitan recursos, pero yo creo que va a salir.


El papel jugado por los Estados en la crisis humanitaria y migratoria que viene produciéndose en el mar Mediterráneo ha sido controvertido en los últimos años.

Un ejemplo reciente de ello ha sido la acogida del buque Aquarius, que transportaba a 600 personas rescatadas por parte de la ONG francesa Sos Méditerranée y que navegaba en busca de un puerto seguro. La situación ha vuelto a poner en entredicho la indiferencia generalizada que ha caracterizado a muchos países europeos. En el ojo del huracán están el Ministro del Interior italiano, Matteo Salvini, que dio la orden de cerrar los puertos, y Malta, que también se negaba a que la embarcación atracara en sus costas. Con ello presentaban su negativa a cumplir con la normativa internacional de asistir a quienes se hallen en peligro en el mar.

Finalmente, ha sido España la que se ha ofrecido a acoger al barco en el puerto de Valencia, pero, según han declarado los responsables del buque a diferentes medios, no disponen de suministros suficientes para llegar a la costa española. Ante la falta de acuerdo y cooperación entre los Estados e instituciones en esta materia, personas como Enrique, que ejercen labor humanitaria por imperativo moral y de forma desinteresada, son las que arrojan un poco de luz y esperanza a la situación de refugiados y migrantes que cruzan el Mediterráneo.

Paula Bolaños