De camino al feminismo (editorial)

Paula Bolaños

Soy millenial, apenas me acuerdo de las pesetas, no concibo un mundo sin Internet y no me separo de mi móvil por miedo a que se me ocurra algo ingenioso y no pueda tuitearlo. Soy enemiga de las etiquetas (y puesto que he empezado este texto con una, supongo que eso resume el dilema social en el que mi generación está inmerso) ya que que su principal cometido es simplificar un ente por naturaleza complejo; pero si tuviera que seleccionar una del montón con la que definirme, diría que soy feminista.

Durante gran parte de mi vida no he comprendido el feminismo, no entendía por qué un movimiento que abogaba por la igualdad de género tenía nombre de mujer, me parecía injusto, revanchista, incluso; llegué a defender esta postura en debates y coloquios públicos, convencida de que, si de verdad queríamos una sociedad igualitaria, debíamos comenzar a utilizar un lenguaje igualitario.

Me faltaba historia.

Para mí, que crecí en los 90 rodeada de películas Disney y música Pop, la igualdad era algo obvio, algo por lo que no hacía falta luchar porque nadie en su sano juicio defendería que uno de los sexos era mejor que el otro, y esta afirmación era, para mí, absolutamente cierta.

Lo peligroso de las certezas absolutas es que son muy difíciles de modificar, en mi caso fue una suerte que escogiese el camino del periodismo en lugar de cualquier otro, porque si algo me enseñaron los cinco años de carrera es que la verdad es subjetiva y el sentido crítico debe estar por encima de cualquier verdad, sobre todo, de aquellas que consideramos absolutas.

Me di cuenta de que la sociedad que siempre había creído igualitaria no lo era, que hombres y mujeres teníamos un valor diferente, pues de qué otra forma podría explicarse que yo pudiese entrar gratis a una discoteca mientras mis compañeros varones tenían que pagar. Entonces lo consideraba normal, una suerte, incluso; ahora sé que ellos pagaban porque eran consumidores y ni mis amigas ni yo lo hacíamos porque éramos el producto a consumir.

Mi concepto de igualdad era machista y no me había dado cuenta. Había sido una crédula social.

Comencé a leer, ver y escuchar a aquellas que habían sido mujeres mucho antes que yo, que habían vivido la historia que a mí me faltaba y por fin comprendí por qué el feminismo tiene nombre de mujer: porque han sido demasiadas las que han luchado, sufrido y muerto por la igualdad, por conseguir su espacio en una sociedad en la que el hombre ha puesto las barreras y la mujer las ha derribado. Esa lucha es la que nos ha quitado la venda de los ojos y la que une cada vez a más gente, tanto hombres como mujeres, con un objetivo común: vivir en una sociedad igualitaria, pero igualitaria de verdad.