Carnestolendas

Paula Bolaños.

Texto original de la revista NOSVOZ.

Sacad las máscaras, todos a la calle, ¡ha llegado el Carnaval!

La tristeza se viste de fiesta, las sonrisas se vuelven de plástico y el humor envuelve, por un instante, nuestros secretos más oscuros.

Carnaval, la única palabra de la lengua hispana que tiene acento en cada letra y que se pronuncia, sin poder evitarlo, con picardía en la garganta.

La fiesta, como muchas otras, tiene origen pagano y fue adoptada por la Iglesia Católica como triquiñuela para hacerse un hueco entre los infieles. Durante la Edad Media, el Carnaval era usado por curas, obispos y Papas como se usó el Circo romano, como un mal necesario que permitiese a los mortales seguir temiendo a Dios el resto del año.

Durante el Carnaval se eliminaban las normas, las leyes y la moral, Nuestro Señor cerraba los ojos por un instante para que los Siete Pecados Capitales pudiesen unirse a la fiesta y retozar libres de ataduras entre el gentío.

Era este el único momento del año en el que la estricta línea entre clases se desdibujaba, en el que el Rey bebía con el ladrón, el juez con el político y los curas dejaban a un lado sus hábitos, su fe y su humanidad.

¡Cómo hemos cambiado desde entonces!, ¿no os parece?, ¡qué tiempos aquellos en los que la barbarie tenía lugar únicamente en Carnaval!, ahora el disfraz se ha convertido en nuestra piel y huesos, nuestra integridad se ha vuelto de quita y pon y la desvergüenza campa a sus anchas.

¿Qué otra razón existe para que miremos nuestras fronteras y no se nos revuelva la conciencia?, ¿qué otra razón existe para que sigamos poniendo en el poder a aquellos que nos oprimen y que asistamos a la decadencia de nuestra democracia con tanta indiferencia?

Pero, ¡que no amargue este texto la fiesta!, bebamos, bailemos y disfrutemos de este momento de gozo, dejemos que el tiempo solucione nuestros problemas porque el tiempo, por todos es sabido, es la cura de todos los males. ¿Verdad?